Nace el 16 de septiembre de 1098 y muere el 17 de septiembre de 1179.
Fue Abadesa, líder monástica, mística, profetisa, médica, compositora y escritora alemana.
Santa Hildegard Von Bingen nació en Bemersheim (Alemania) en el Valle del Rin
en el seno de una familia noble alemana.
Fue la menor de diez hijos.
Fue entregada al convento benedictino de Disibodenberg, que se encontraba bajo la órdenes de Jutta, quien se encargó personalmente de la educación de Hildegard. Así, tuvo un profundo aprendizaje de latín, griego, liturgia, música, oración y ciencias naturales, y además mantenía una disciplina ascética. A los dieciocho años, Hildegard toma los hábitos bendictinos. Solía decir que «se alimentaba de la Biblia» y que la música le era dictada durante sus visiones.
Al morir Jutta asumió la dirección del convento. A la edad de cuarenta y dos años tuvo las visiones más claras, en las que recibió la misión de predicar sus visiones y la comprensión religiosa que le había sido otorgada.
A partir de ahí Hildegard escribe sus experiencias. De los nueve libros que escribió, se destacan Scivias, de carácter místico; Liber Vitae Meritorum, sobre ética, y Operatione Dei, sobre teología. Otro de sus libros, el Liber Simplicis Medicinae es importantísimo para la medicina, pues en él se hace un acercamiento a la ciencia de curar desde una perspectiva global, incluyendo conocimientos de botánica y de biología. De la misma forma, el Liber Compositae Medicinae trata sobre las enfermedades, pero desde el punto de vista teórico, explicando sus causas y síntomas.
Hildegard no sólo se dedicó a escribir, sino que además compuso música gregoriana y escribió setenta y siete canciones aproximadamente, y una ópera Ordo Virtutum. Como compositora fue más allá de las normas de la música medieval, otorgándole un nuevo lenguaje.
Es por esta época, que un comité de teólogos del Vaticano legitimó sus visiones y sus mensajes, que para muchos eran predicciones del futuro, aunque ella lo negara y dijera que más bien era una proyección del presente. Tal fue su reconocimiento, que llegó a ser conocida como la Sibila del Rin. En este momento, la gente la buscaba para escuchar sus palabras de sabiduría, para curarse o para que los guiara.
San Bernardo, su contemporáneo, dijo de ella: “No se puede consentir que tan esplendido lucero permanezca oculto bajo el celemín”.



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